11 de noviembre de 2018

Cuando lo cercano se muestra distante II


Amenizada por la charla, la travesía se nos antoja más corta de lo que verdaderamente se presume. Conversamos sobre asuntos de todo tipo. A los dos nos encanta meter baza. Embobados nos escuchamos y atropellamos. Sonreímos colmados de guiños, gestos que no sólo encierran cordialidad. No puedo negar que me gusta estar junto a él. Y tampoco que me encantaría conocer lo que encierra su cuerpo y, sobre todo, su mente, aunque no sin cierto temor. Continuamos avanzando por el sendero sin dejar de hablar. Al poco tiempo, una voz detiene la marcha. Alguien del grupo nos advierte que estamos llegando a un pueblo situado en la ladera del monte. Asentimos con un gesto y retomamos la marcha. Sigo junto a él. Aceleramos el ritmo con el fin de llegar a tiempo para comer. Mientras el grupo continúa sin descanso, él y yo seguimos hablando de nuestras vidas. Me sorprende gratamente su actitud cercana al relatar determinados pasajes de su vida íntima. Por fin llegamos a la aldea. En la plaza principal, el grupo decide que lo más acertado es dividirse en pequeños grupitos para comer, descansar y, por qué no, pasar la noche. La idea me gusta. Desearía comer con él a solas, descansar junto a él y, por qué no, pasar la noche con él… mmm. Tan sólo pensar en ello, me excita más de la cuenta.
 
Callejón entre Dos Cantos, rezaba el muro adyacente a la Iglesia del pueblo. Nos miramos y sin mediar palabra nos adentramos en él.
Continuará...